
Yo leía todo esto en la cafetería donde trabajaba de camarera mi amiga Helen y mientras la culpabilidad me inundaba como un dulce veneno tomaba un vaso de leche con unas tartitas de crema y sirope. Tal vez el pecado olía a margarina caliente. Pensé en ir a una tienda a comprar un esparadrapo para cubrirme esta marca que llevo entre las cejas. Pero la negrita Helen se acercó a mi mesa y abrió la boca más que de costumbre. Venía orgullosa. Me dio con el codo.
– Esta mañana algunos clientes han hablado de ti.
– ¿Qué decían?
– No sé. Te admiraban por algo.
– Eres un encanto.
– Llévame esta noche al club. Te amo.
– Esos clientes decían que has matado a alguien.
– ¿Eran policías?
– Parecía gente de teatro. Creo que llegarás muy lejos.
– Adoro tu culo, cariño.
– Cálmate. ¿Se te ha subido ya la gloria a la cabeza, pequeño asesino?
– Te recogeré a las siete.
Volví al hotel y en el suelo de la habitación la radio cantaba, entre botellas vacías y papeles amarillos, una melodía de Sinatra. Dejé enchufada la televisión sin sonido y me metí en la cama a navegar la mañana en un duermevela en el que fluían anuncios de flanes, viejas canciones románticas y sirenas de policía o ambulancia. ¡Oh, mi querido Abel! ¿Te acuerdas de aquel día en que nuestros rostros se reflejaron juntos en el estanque? Debo confesar que yo estaba enamorado de mi hermano, aunque la primera experiencia sexual la tuve con la mona o tal vez con Eva. A las dos el celo les duraba seis días, el mismo tiempo que Dios invirtió en la creación del mundo. La mona paseaba el período por el oasis con el trasero gloriosamente inflamado, y entonces me obligaba a imaginar juegos impúdicos con ella bajo las palmeras y en ocasiones incluso uníamos las risas y las carnes; pero recuerdo también ciertas noches turbias con mi madre, cuando los latidos de su vientre eran idénticos a los que daba la tierra y yo me amparaba en el calor de sus muslos para soñar mientras ella, con manos dulces, recorría todo mi cuerpo y se detenía en los recodos calientes hasta hacerme gemir palabras que ocultaban deseos inconfesables.
