
Sin embargo, nunca obtuve
de mis entrañas un temblor tan delicado como aquella tarde en que Abel se ha liaba a mi lado a orillas de la fuente. Él tenía diez años, tal vez, y el sol declinaba por la parte de las dunas vistiéndolas de naranja. Los ojos azules de mi hermano y su piel de caoba habían comenzado a perturbarme. Estábamos debajo de un granado, al borde del estanque, y nuestros rostros quedaban inmersos e inmóviles en el fondo del agua. Se produjo un instante de perfección. El aire virginal, el silencio petrificado y la luz, matizada con un tono de malva dorada, nos envolvieron en un pequeño éxtasis por un momento. Excitado y paralizado, me encontraba contemplando en el seno del aljibe nuestros cuerpos y el corazón me daba golpes furiosos. Entonces Abel arrojó un piedra y nuestra imagen sumergida se puso a trazar círculos, a entrelazarse confusamente, a ejecutar un ejercicio de amor en el alveolo de la ciénaga. Al pie del granado quise abrazarlo para que todo fuera reflejo o imitación del agua pero mi hermano salió corriendo y riendo por el talud que circundaba el oasis y, camino de las dunas, se perdió aquella tarde. Yo sabía cómo encontrarlo. Fui por un atajo y bordeé el filo de una trocha hacia el lugar preferido por Abel: una gruta llena de adelfas que en tiempos remotos sin duda había sido un manantial. Pero allí no estaba. Seguí por el cauce del mismo barranco y me adentré varias leguas en el desierto hasta perderme en su busca, y cuando el sol había caído ya a ras de la arena y la oscuridad iba a llegar, sin la esperanza de hallarlo, oí a mi espalda que Abel me llamaba desde muy lejos y yo veía su silueta perfilada en el crepúsculo.