
– Hay muchos seres que han pasado por aquí -dijo al verme tan impresionado.
– ¿Estos huesos son humanos?
– Algunos -contestó.
– ¿De qué será esta calavera?
– Es de jabalí.
– ¿Y ésa?
– De gineta.
– Me gusta esa que has colgado en la pared. Parece que está riendo.
– Es de hombre. O de mono. Le faltan siete dientes.
– ¿Dónde la encontraste?
– En la otra parte del monte.
Yo no sabía que Abel, a una edad tan tierna, era ya un gran especialista en esqueletos. Coleccionaba sólo ejemplares únicos de cualquier índole. Los recogía en sus rutas de pastoreo, los llevaba al torreón transformado en museo y allí los clasificaba según formas y tamaños. También almacenaba objetos raros que le excitaran la imaginación. De cara al sol poniente, sentados en las gradas de aquella fortaleza de hormigón, Abel me mostraba algunos proyectiles oxidados, correajes carcomidos, cartucheras corrompidas junto con la última adquisición de aquella tarde. Huyendo de mi amor, cuando nuestras figuras se abrazaron en el fondo del estanque, mi hermano vino a refugiarse en este fortín y durante el trayecto halló este hueso que le faltaba en la colección.
