Agitaba los brazos en lo alto de un cerro de cal, subido a una especie de torre vigía que dominaba una inmensa llanura muerta. Corrí jadeante hacia él con una mezcla de placer y de angustia y al acercarme descubrí que me recibía blandiendo en el aire una quijada de asno. En aquella fortificación había huesos de todas clases, unos macutos verdes casi podridos que contenían peines de balas, y la luz también entraba lateralmente por unas aspilleras oblicuas que ahora filtraban láminas de claridad hasta dejar todo el recinto en una suspensión de color de pan inflamado. Esta fortaleza era el reino desconocido de mi hermano. Lo había descubierto durante sus correrías de pastor y lo había mantenido en secreto.

– Hay muchos seres que han pasado por aquí -dijo al verme tan impresionado.

– ¿Estos huesos son humanos?

– Algunos -contestó.

– ¿De qué será esta calavera?

– Es de jabalí.

– ¿Y ésa?

– De gineta.

– Me gusta esa que has colgado en la pared. Parece que está riendo.

– Es de hombre. O de mono. Le faltan siete dientes.

– ¿Dónde la encontraste?

– En la otra parte del monte.

Yo no sabía que Abel, a una edad tan tierna, era ya un gran especialista en esqueletos. Coleccionaba sólo ejemplares únicos de cualquier índole. Los recogía en sus rutas de pastoreo, los llevaba al torreón transformado en museo y allí los clasificaba según formas y tamaños. También almacenaba objetos raros que le excitaran la imaginación. De cara al sol poniente, sentados en las gradas de aquella fortaleza de hormigón, Abel me mostraba algunos proyectiles oxidados, correajes carcomidos, cartucheras corrompidas junto con la última adquisición de aquella tarde. Huyendo de mi amor, cuando nuestras figuras se abrazaron en el fondo del estanque, mi hermano vino a refugiarse en este fortín y durante el trayecto halló este hueso que le faltaba en la colección.



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