– Esto es una quijada de asno, Caín.

– ¿De veras?

– Te lo juro. La conozco bien -me dijo.

Ambos iniciamos un juego. Él no quería soltarla y yo, tirando de aquella mandíbula pelada, atraje el cuerpo de Abel hacia el mío, lo rodeé con un brazo y mientras se dejaba acariciar le dije al oído las palabras más dulces que me inspiró el deseo, y el crepúsculo nos doraba y nos hacía estremecer, y en medio de aquel silencio donde sonaban chasquidos de labios el niño de ojos azules extrajo de mis entrañas una húmeda flor dejara. De pronto supe que la existencia tenía sentido: en adelante todo mi ejercicio iba a consistir en complacer a ese zagal de caoba. El mundo cada día volvería a crearse a partir de una de aquellas sonrisas que iluminaba mi existencia. Después de entretener el amor con mi hermano improvisé una lenta melodía con una caña, y aún hoy mismo aquel motivo musical constituye mi mayor éxito con el saxofón. Yo tañía la alegre zampona y Abel, con dedos de rosa, sobaba la quijada de asno y miraba hacia el infinito. Hinchada la carne levemente por el placer todo era amable en el desierto. Debajo de cada piedra había un alacrán, la tierra fulminada estaba llena de serpientes venenosas, pero el licor espeso que corría por mis venas forzaba a olvidar las cosas y sólo exaltaba la obligación de entregarse a otra carne adorada.

– Regálame la quijada de asno.

– Tómala -dijo Abel.

– Con ella quiero hacer una obra maestra.

– Dime qué.

– Un talismán para ti.

– ¿Me dará suerte?

– Prométeme que lo llevarás siempre.

– Lo haré.

Con el puñal comencé a esculpir en la quijada de asno un amuleto en forma de falo, lo traspasé con una fibra de cactus, lo dejé colgado del cuello de Abel aquella tarde y desde entonces se balanceó entre sus tetillas de nácar durante muchos años, y a veces el sol lo hacía brillar contra su pecho desnudo.



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