
Fue la primera jornada de pasión que obtuve de mi hermano. Hubo un tiempo en que ambos corríamos a refugiar nuestro amor en aquel torreón cuando la luz declinaba. Abel había pasado el día pastoreando el ganado y yo, en esa época, apenas cuidaba ya la huerta. Me dedicaba de lleno a las artes. Contemplaba la naturaleza, escuchaba el canto de las aves y luego, me servía del puñal o de la flauta e interpretaba las formas y los sonidos, pero al atardecer huía de todo y para mí no había escultura como el cuerpo tembloroso de Abel ni música como sus dulces gemidos cuando estaba con la cabeza reclinada en mi hombro y con su mano en mi vientre, en el interior del secreto torreón donde guardaba huesos de animales y residuos de hierros y correajes corrompidos. En una pared, Abel había colgado la mejor pieza de su colección. La calavera de hombre o de mono reía de manera imperturbable con una carcajada a la que le faltaban siete dientes. Mi hermano se sorprendió mucho cuando saqué aquellas siete piezas de oro que siempre llevaba conmigo y las fui engarzando con toda exactitud en los alvéolos del maxilar. La calavera tomó una expresión de lujo. La muerte comenzó a echar destellos del metal más preciado.
Durante la mañana, en el suelo de mi habitación del hotel, la radio pronunció otra vez mi nombre. Lo oí en las entretelas del sueño y también me pareció ver en la pantalla de la televisión sin voz una imagen fija de mi rostro en medio de dos anuncios de flanes. Abel, el bailarín, figura de Broadway, rey absoluto de los maricones de Nueva York, ha sido asesinado. Señora ama de casa, ¿le gustaría ganar diez mil dólares con sólo abrir un paquete? Compre estas mazorcas de maíz híbrido y el mundo será suyo. En efecto, el cadáver del divo de la danza fue levantado por los guardias cuando palpitaba todavía en el andén de la estación del suburbano. El asesino ha huido en el mismo vagón del que se apeó para ejecutar el crimen en una acción fugaz, luminosa.