
Se llama Caín. Elegir un buen tabaco es importante para disfrutar. Royal Crown. Bajo en nicotina y alquitrán, con todo el sabor auténticamente inglés. Y ahora escuchen la vieja melodía… En la fétida penumbra que envolvía mi cerebro sonó una melodía de entreguerras, aquellos plateados instrumentos de Glenn Miller que luego ilustraron tantas bombas, ahora sincopados sus trombones por lejanas sirenas de policía, por los movimientos de la pantalla del televisor, donde se sucedían concursos, sopas preparadas, coches del año, héroes del béisbol, reclamos de abuelitas sonrientes, avances de espectáculos de salas de fiesta para la noche del sábado, bebés supervitaminizados que iban a gastas dentro de un especial modelo de pijama resistente a la corrosión de la orina infantil, barricadas de vitaminas y compresas, políticos con peluquín… Los largos, evanescentes instrumentos de Glenn Miller y, de repente: ¡la imagen fija de mi rostro! Tal vez el locutor hablaba en la espalda de la foto, pero yo no oía nada. En seguida salía también en pantalla el retrato de mi querido y asesinado hermano. Sin duda era él. Aún conservaba aquellos envenenados ojos que tanto placer me proporcionaron. ¿Recuerdas, Abel, aquel día en que vimos pasar por el horizonte del desierto una formación de hombres azules que conducían una caravana de camellos cargados? ¿O era de elefantes blancos? Eva había contado tantas veces esta aparición sin fruto alguno que tú ya no la creías. Sucedió cuando el sol doblaba y el calor de una jornada cruel había evaporado en el fondo de la mirada un polvo de arena finísima que era la propia luz del alma. Eva estaba confeccionando un collar con huesos de dátiles y, alertada por un gruñido especial de la mona, tuvo un presentimiento, se puso en pie y fijó los ojos en el punto exacto del espacio. Comenzó a gritar.
– ¡Están pasando! ¡Están pasando! ¡Mirad!
– Es cierto. Van por allí.
– ¡Son ellos! ¡Son ellos!