– ¡Eh! ¡Eh!

– Grita más, Caín.

– No me oyen.

– Grita mucho más.

– ¡Eh! ¡Eh, reyes del desierto!

– Tal vez te oyen en el interior de sus entrañas.

– Venid.

Pero la distancia que nos separaba de aquella majestuosa caravana parecía inalcanzable no sólo para la voz sino también para el deseo. La formación iba lenta, casi fluctuante en el vaho de polvo de oro, y se componía de doce camellos o elefantes, blancos o escarlata, cubiertos de gualdrapas que espejeaban de bordados. Eva tenía la imaginación caliente. Creía que aquella lumbre que echaban se debía a cargamentos de piedras preciosas transportados a viva luz. En el talud que circundaba el oasis, Eva nos recogió a Abel y a mí contra su cadera y nos prometió con una mirada perdida:

– Un día no lejano dejaréis el desierto y siguiendo el mismo camino del sol una de esas caravanas de hombres azules os llevará al oeste. Allí, en la orilla de un mar, crecen ciudades con murallas donde bulle el comercio del lino y de la madera de cedro perfumado, que en naves pintadas de rojo el viento amable conduce a lejanos puertos. Hablaréis nuevas lenguas y algunas palabras idénticas tendrán distintos significados que os obligarán a sacar el cuchillo. Tú, Caín, harás sonar la flauta para alegrar festines de príncipes que son mercaderes. Y tú, Abel, danzarás al pie de las gradas de otros altares que han sido levantados a dioses dispares e igualmente crueles. Yo me quedaré en el desierto. Algún día, la memoria que os reste de mí en vuestra mente será confundida por una honda visión de arena.

De repente, el teléfono comenzó a sonar esta mañana y todos los amigos e incluso algún desconocido no cesaron de repetir la misma cosa.

– Acabo de verte en televisión.

– Sí, sí.

– Han dicho algo terrible de ti.

– No sé. ¿Qué han dicho?

– Enhorabuena de todas formas.

– Gracias.



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