Uno se llama Luzbel o portador de la lumbre. Otro es Belcebú, príncipe de las tinieblas. También está Satanás, el que predica la belleza de la perversión. Hay muchos más: Iblis, Malik, Belial, Abbadón. Van fugaces y errantes por el firmamento en una eterna caída hacia el abismo y, en tierra, sus espíritus hablan en boca de ciertos reptiles. Sus palabras son siempre maravillosas y mortíferas. En cambio, el gran Dios, que ha quedado victorioso en lo alto, se expresa a través de otros animales. Cuando necesita manifestar un deseo, a veces utiliza la garganta de algunas bestias superiores, por ejemplo, su voz es el aullido de un chacal o la risa nerviosa de la hiena. Si de noche oyes el grito de alguna alimaña, hijo mío, tienes que saber que Dios te está hablando.

Bajo las estrellas del desierto, junto al fuego, Eva comía carne de lagarto y no cesaba de narrar hechos felices que sucedieron antiguamente. A continuación, con mágicas palabras, me transportó a aquella región donde crecía el terebinto, cuyo producto es el bedelio, sustancia que sana el morbo de la duda. En su juventud, mis padres amasaban esta resina con estambres de adormidera y luego la tomaban para ponerse luminosos por dentro ya que esa poción les volvía los ojos del revés y les permitía ver los propios minerales del cerebro brillando como rubíes. Parece ser que mis padres, hace mucho tiempo, habían sido muy dichosos en aquel lugar. En un incierto pasado habitaron un jardín lleno de sombras húmedas y brisas amables en medio de un gran estruendo de monos y papagayos. Allí, los árboles daban frutos delicados al paladar, algunas flores tenían propiedades visionarias y había muchas cascadas azules que caían en el mismo lago resplandeciente. Cuando el sol hendía sus aguas con un ángulo de luz exacta, este lago se volvía transparente y en su alveolo, a más de cien brazas de profundidad, sólo en un instante matemático, se podía adivinar la sombra de una ciudad sumergida.

Corrían varias leyendas acerca de esta civilización subacuática.



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