– ¿Es cierto que lo has matado?

– Tal vez.

En realidad, esta mañana ha llamado todo el mundo menos la policía. Helen ha mandado una pizza y media docena de rosas amarillas, y desde el club me han advertido que unos periodistas desean hacerme algunas preguntas. Dios mío, yo no he matado a nadie. ¿Por qué alguien se ha empeñado en convertirme en un héroe? Qué dulce el sabor de la culpa cuando uno es inocente. Ésa ha sido la herencia que mi padre me dejó: el placer de sentirse exaltado al castigo. De hecho, tengo que reconocer que mi mejor inspiración musical nace de ese poso de pecado. O, tal vez, de la conciencia de que un día volveré a ser puro. Nunca he tocado mejor que anoche, nunca he exorbitado los sentidos con tanta precisión, nunca mi alma ha traspasado el metal del saxo con tanta espiritualidad. La sala estaba llena de córneas en la oscuridad y entre ellas las de Helen eran las más blancas. Los del cuarteto fueron los primeros en aplaudirme, de pie en la tarima, antes de iniciar la sesión; y el público me recibió cariñosamente aunque muchos en la sala aún ignoraban que iban a ser deleitados por un asesino. Primero quise interpretar Blues for Helen. Sabía que con ello abriría el corazón de mi chica esa madrugada en la cama, y luego hice sonar Prisoner of Love, una melodía que traía elaborada desde la adolescencia, silbada o recreada mil veces con el filo de una hoja en el desierto. La lengua de fuego que yo exprimía de la madera culebreaba por todos los vientres del recinto, atravesaba el murmullo de la clientela, el campanilleo del hielo contra los cristales de licor. El saxo gemía dentro de la bruma de alcohol y mientras ejecutaba ese lamento recordé la forma en que el paraíso perdido se reveló ante mis ojos. La promesa de mi madre se había cumplido. Un día, aquella caravana de hombres azules acertó a pasar muy cerca del oasis donde estuvo un tiempo detenida a causa de una tormenta de arena. La guiaba un príncipe negro, de grandes labios morados cuya piel tenía una transparencia azulada.



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