
Y se dio la vuelta.
2
Uno de los camareros del Mandina, Mario, un tipo joven al que Jack Delaney conocía bastante, preguntó:
– ¿Le clavas la cosa a la persona, como si la estuvieras apuñalando?
– ¿De qué otra manera podría hacerse?
– ¿Y le pinchas por todo el cuerpo?
– No, una vez le has aplicado el trocar, lo dejas en el mismo sitio. Lo que cambia es el ángulo. O sea, lo que haces es aspirar las vísceras. Si le das al hígado y no se hunde, sabes que el fulano era un privilla, que tenía cirrosis.
– ¡Jesús! Yo nunca podría hacerlo.
– Te acabas acostumbrando.
– ¿Quieres otro?
– Sí, con tres aceitunas. Luego cambiaré.
– Tío, yo no podría hacerlo.
– Hay embalsamadores profesionales que trabajan por libre y sacan unos cien por trabajo. ¿Qué te creías? Son treinta o cuarenta de los grandes al año.
– Yo no -dijo Mario, alejándose.
Los sábados por la tarde, el café, sencillo, de techo alto, estaba casi vacío. Demasiado arriba de la calle Canal para los turistas. Mullen e Hijos estaba sólo a una manzana de distancia.
Después de los funerales, Jack y Leo solían ir al café, todavía ataviados con traje oscuro y pajarita de color gris perla, ocupaban una mesa y empezaban a hablar, tratándose el uno al otro con educación hasta que empezaba a entrarles la relajación que producía el primer martini con vodka helado. El de Jack, con aceitunas rellenas de anchoa; el de Leo, con una rodaja de limón. A Leo le brillaban los ojos cuando miraba al camarero negro con barba, uno que había salido en una película titulada Pretty Baby y que les llamaba «petimetres funerarios». Leo solía decir:
– Henry, ¿por qué no lo haces otra vez? Te aseguro que nos encantaría, Henry.
Luego se tomaban una crema de alcachofas y una ración de ostras.
Mario se acercó a la barra con el martini y lo dejó sobre el posavasos que había delante de Jack.
