
– Desde luego.
– A ti te gusta este trabajo. A mí no. A ti te gusta tumbarte en la hamaca de Bay, leyendo un libro, oliendo el guiso que Raejeanne está preparando en la cocina…
– ¿Y a ti qué te gusta, Jack?
Jack no contestó. Se quedó mirando aquel trocar, que parecía una lanza, apoyada sobre el vientre de Buddy Jeannette, a unos pocos centímetros de su ombligo.
– ¿Te das cuenta? -dijo Leo-. No piensas en las cosas normales que tú mismo dirías que piensa la gente. Siempre tienes que pensar alguna locura, ¿no?
– No estaba pensando en nada. Pero, si no te importa que lo diga, Leo, creo que este negocio te hace envejecer antes de tiempo. Es tan serio… ¿Sabes?, hay pocos momentos tranquilos.
Vio, con alivio, que Leo aflojaba la presión del trocar.
– Tienes razón. Suelo precipitarme al sacar conclusiones. Oigo que estás con esa tía pelirroja e inmediatamente te veo entrando otra vez en esa rutina de bares de hotel.
– Sólo la invité a una copa.
– Ya, bueno, aun así… Después de lo que te hizo, tienes que estar loco si no le niegas hasta el saludo.
– Ella no me hizo nada Leo. Me lo hice yo mismo. El cerebro se lo plantea al deseo, ¿vale? Y el deseo dice «de ninguna manera» o dice «de acuerdo». Eso lo aprendimos en el colegio.
»Quiero decir que no hay que culpar a nadie cuando la jodes.
– Sólo espero que te des cuenta de que si empiezas a buscar otra vez ese tipo de diversiones sólo puedes acabar de dos maneras. Una de ellas ya la conoces, y la otra, Jack, está encima de esta mesa. Como la que ha encontrado tu amigo.
– Iré a Carville mañana.
– Te lo agradecería -dijo Leo. Miró hacia abajo y tocó el vientre de Buddy Jeannette con la punta aguda del trocar, a unos quince centímetros del ombligo.
Jack dijo:
– Espera. ¿A qué hora tengo que ir? -Vio que Leo se inclinaba sobre el instrumento e insistió-: Leo, espera. ¿Vale? -Y luego dijo-: Oh, mierda.
