– ¿Cuando conociste al tipo?

– Sí, hace ocho años. Yo tenía entonces treinta y dos, y trabajaba para los hermanos Rivés. Apenas ganaba doscientos a la semana.

– Emile y su hermano. Vienen por aquí.

– Ya lo sé. Son mis tíos… De cualquier modo, aquella noche en concreto salí del Félix, allí en Iberville, me había tomado mis ostras y un par de cervezas, y me paró una mujer por la calle. Quería saber si alguna vez había hecho de modelo. «Sí, ¿le suena la Maison Blanche?» Supe que no era de la ciudad por su forma de hablar. Me dijo que habían venido de Nueva York para hacer un catálogo de ropa deportiva de Holanda -esa marca que lleva un tulipán pequeño en las camisas- y que me pagarían mil pavos por cuatro días. Así de simple. Los mil fijos, más horas extras. Pero, por la forma en que me miraba y me tocaba el pelo, tuve la sensación de que quería hacerme algo más que sacarme fotos.

– ¿Ah, sí? ¿Era guapa?

– Atractiva, con mucho estilo. Llevaba gafas oscuras constantemente y tenía la piel más blanca que he visto en mi vida. Debía de tener cuarenta y tres años.

– No está mal.

– Se llamaba Betty Barr, y era ejecutiva de publicidad. Sólo los demás modelos y el fotógrafo la llamaban Bettybarr, como si fuera una sola palabra. No sé por qué, pero a mí me costaba, así que no la llamaba de ninguna manera. Empezábamos por la mañana y trabajábamos todo el día, en exteriores, siempre en diferentes escenarios. La plaza Jackson, naturalmente, el parque Audubon, el faro de New Bassin Canal, los muelles de Lafitte, ¡Jesús!, con los enanos del Cajun allí, mirando.



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