
Mario se metió por debajo de la barra para coger la botella y Jack recordó a las chicas. A ellas no les costaba nada convertirse inmediatamente en parte de lo que hacían, mostrando su repertorio de poses con cara inexpresiva, o sonriendo, o aparentando sorpresa. Le fascinaban sus estudiadas poses. Eran chicas que cuando hacían de modelo eran capaces de olvidarse de sí mismas entre tanta pose. Una vez, en un aparte, les dijo:
– ¿Os imagináis un fulano con esta ropa?
Y las chicas contestaron:
– Verdaderamente…
Le gustaban cuando posaban, y él les gustaba a ellas cuando no lo hacía.
Mario volvió y le llenó el vaso. Jack siguió:
– Fuimos a Tulane. Yo llevaba aquellos jodidos pantalones de color verde brillante y una camiseta rosa, con el tulipán, y allí mismo, en la avenida Saint Charles, estaban los albañiles de la South Central Bell levantando la calle. En mi trabajo habitual de entonces, con los malditos tubos de órgano, trabajaba cada día tan duramente como ellos. Pero no podía acercarme y explicárselo. Eso ya era bastante malo, pero encima a Bettybarr se le ocurrió una idea: se acerca y me pone un gorrito de color amarillo. Le dije: «Perdone, pero ¿usted conoce a alguien que lleve un gorro así?» Y me contestó: «Tú lo llevas.» El domingo, el último día, estábamos trabajando en la cubierta superior del transbordador de Algiers, que navegaba arriba y abajo. Toda la gente del barco estaba allí arriba, mirándonos. Vi que había dos payasos bebiendo cerveza directamente de la botella y supe inmediatamente que iba a tener problemas.
