Vinieron a mi lado. Yo estaba allí, sonriendo a la cámara con aquella ropa blanca, y empezaron a hacer ruido, aspirando como si dieran besos, ya sabes, y preguntándome si estaba echando las redes o qué. Justo entonces, llega Bettybarr con un gorro de marinero y yo pienso: «Mierda, ya empezamos.» Ella estaba a punto de ponerme el gorro en la cabeza, y le digo: «Perdone.» Me vuelvo hacia los dos imbéciles de las botellas y les digo: «Si oigo una jodida palabra más, alguien va a saltar por la borda.» Betty Barr se queda atónita, como congelada, totalmente inexpresiva. Dice: «Ya basta por hoy. Recojamos y desembarquemos.»

– ¿Y qué hicieron aquellos individuos?

– Nada. El transbordador amarró y bajamos. Pero, luego, estábamos en el bar aquella noche, en el Roosevelt, y me preguntó: «¿Me lo dedicabas a mí?» Como si yo hubiera querido destacar. Le contesté: «No, era un asunto entre aquellos tipos y yo, y tenía que hacerlo.» Y ella dice: «Ya.» Se acaba su copa, me mira y dice: «¿Quieres subir a la habitación?»

– ¡No jodas!

– Subimos a su suite.

– Ya.

– Me desnudó.

– ¡No jodas!

– Me dijo: «Tienes un cuerpo maravilloso.»

– ¿Sí?

– Nadie me había dicho eso nunca. No sé qué decir del suyo. Sin ropa era más grande, ¿sabes?, más suelto. Y tenía la piel tan blanca que parecía más desnuda que las chicas que tienen la piel suave y marcas de bronceado. Luego, cuando lo hicimos, resultaba extraño oír agitarse y gemir a aquella mujer madura que olía a jabón de baño.

– Ya, pero estaría bien, ¿no?

– Estuvo bien. Después, cuando nos quedamos tumbados, volví a sacar el tema.

Mario sonrió.

– Me refiero a lo de los dos imbéciles, a por qué había tenido que decirles algo. Me pidió que apagara la luz. Yo le digo: «No entiendes cómo me sentía, ¿verdad?» Va y me contesta: «Jack, de verdad que no me importa demasiado cómo pudieras sentirte. Si no quieres que te miren, no te pongas delante de una cámara.» Intenté explicarle que si algún tipo volvía a irse de la lengua como aquéllos la iba a armar. ¿Y sabes qué me dijo?



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