
– ¿Y qué hicieron aquellos individuos?
– Nada. El transbordador amarró y bajamos. Pero, luego, estábamos en el bar aquella noche, en el Roosevelt, y me preguntó: «¿Me lo dedicabas a mí?» Como si yo hubiera querido destacar. Le contesté: «No, era un asunto entre aquellos tipos y yo, y tenía que hacerlo.» Y ella dice: «Ya.» Se acaba su copa, me mira y dice: «¿Quieres subir a la habitación?»
– ¡No jodas!
– Subimos a su suite.
– Ya.
– Me desnudó.
– ¡No jodas!
– Me dijo: «Tienes un cuerpo maravilloso.»
– ¿Sí?
– Nadie me había dicho eso nunca. No sé qué decir del suyo. Sin ropa era más grande, ¿sabes?, más suelto. Y tenía la piel tan blanca que parecía más desnuda que las chicas que tienen la piel suave y marcas de bronceado. Luego, cuando lo hicimos, resultaba extraño oír agitarse y gemir a aquella mujer madura que olía a jabón de baño.
– Ya, pero estaría bien, ¿no?
– Estuvo bien. Después, cuando nos quedamos tumbados, volví a sacar el tema.
Mario sonrió.
– Me refiero a lo de los dos imbéciles, a por qué había tenido que decirles algo. Me pidió que apagara la luz. Yo le digo: «No entiendes cómo me sentía, ¿verdad?» Va y me contesta: «Jack, de verdad que no me importa demasiado cómo pudieras sentirte. Si no quieres que te miren, no te pongas delante de una cámara.» Intenté explicarle que si algún tipo volvía a irse de la lengua como aquéllos la iba a armar. ¿Y sabes qué me dijo?
