– ¿Qué?

– Dijo: «Mientras yo te pague no lo harás. Y ahora, por favor, apaga esa maldita luz.»

– Tío, qué tía más dura.

– Tienes razón. Era una tía dura. Y también ella tenía razón. Si no me gustaba estar allí sintiéndome como un gilipollas, no tenía que hacer de modelo. Ni siquiera por el dinero que pagaban… Y sabía que podía conseguir más trabajo gracias a ella. Yo vivía en Magazine, en un cuchitril casi sin muebles, odiaba mi trabajo y estaba pensando en la posibilidad de casarme. ¿Te acuerdas de Al, el tío de Leo? No, eso fue antes de que tú entrases aquí. Fue con Maureen, la hija de Al, con quien estuve a punto de casarme. -Jack cogió su copa y tomó un trago lentamente deleitándose-. Iba a decir que, si lo hubiera hecho, ahora no estaría aquí. Pero es precisamente ahí donde estaría, en el jodido negocio de la funeraria. Ahora mismo estaría allí, con los guantes puestos. Bueno…

– Estabas en la cama con la tía.

– Bettybarr. Ella ya roncaba y yo estaba desvelado, tratando de decidir si era más importante el dinero o el respeto a uno mismo. O sea, me estaba excusando a mí mismo. Tal vez no fuera una cuestión de respeto, a lo mejor era simplemente que no me gustaba ser tímido. Estaba pensando que si hubiera hecho anuncios de camiones, o de aceite para motores, ¿sabes?, de tabaco de mascar o algo así… cuando de repente oigo un ruido junto al tocador. Levanto la cabeza y, ¡joder!, había un tío en la habitación. -Jack hizo una pausa y tocó su vaso-. ¿Por qué no me lo llenas otra vez?

Mario le llenó de nuevo el vaso rápidamente.

– ¿Quieres más hielo?

– No, ya está bien. -Bebió un trago-. No me lo podía creer, un tío allí, de pie, junto al tocador. Veo que pasa por delante de la ventana y se mete en la sala. Espero, y no oigo nada, así que bajo de la cama, me pongo los pantalones y me acerco de puntillas a la puerta. El fulano había encendido la luz de la mesita y estaba sacando cosas de la maleta de la señora y metiéndolas en una bolsa que llevaba. Así que empecé a acercarme a él.



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