– ¿La que tengo que llevar es una monja? ¿La muerta?

– Mira -explicó Leo-, la muerta es una joven nicaragüense de veintitrés años. He apuntado su nombre. Está en la tabla de la sala de preparación. Y también el nombre de la persona que te va a acompañar, una tal hermana Lucy. ¿Te enteras?

– ¿De qué murió?

– Fuera de lo que fuese, no te lo puede pegar, ¿vale? Recoges a la hermana Lucy en la misión de la Sagrada Familia, en la calle Camp, mañana a la una en punto. Está cerca de Julia.

– ¿Allí donde dan sopa?

– Allí mismo. Te estará esperando.

– Bueno, si no sabemos de qué hablar, rezaremos un rosario.

– ¡Ya empezamos! -Leo se acabó su martini-. ¿Te encuentras bien?

– Estoy bien.

– No te olvides. A la una.

– De acuerdo.

– No sería mala idea que esta noche no salieras.

– ¿Sigues preocupado por mí?

– Ves a tu antiguo compañero sobre la mesa, y lo siguiente que sé de ti es que estás trompa. ¿Quién bebía Sazerac, Buddy o Helene?

Jack sonrió. Se sentía tranquilo, despabilado, seguro; era su lugar preferido para beber a última hora del día. Dijo:

– Quieres que te explique lo de Helene, ¿no?, lo que sentí al volver a verla. Te mueres de ganas de saberlo, ¿verdad?

– Ya te lo he dicho -insistió Leo-. Cuando lo supe me produjo cierta aprensión.

– En ese caso te alegrará saber que mi corazón permanece en su sitio.

– ¿Y qué hay de otras partes de tu cuerpo?

Jack negó con la cabeza.

– Su atractivo ha desaparecido. Ahora lleva el pelo rizado, y eso cambia su aspecto. Eh, Leo, pero… -Jack sonrió- ¡qué bien olía! Llevaba un perfume que sé que es caro porque una vez cogí una botella de un armario, una noche, en el hotel Peabody, en Memphis, y se la regalé a Maureen.



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