– Eso es complejo de culpabilidad.

– Tal vez. Maureen dijo: «Jack, esto va a ciento cincuenta dólares la onza. ¿Lo has comprobado? Dime la verdad.» Fue cuando ya había dejado lo de Uncle Brother y Emile.

– Cuando ya te habían echado.

– Y todo el mundo pensaba que yo iba carretera adelante vendiendo café. Un amigo mío lo hacía, representaba a La Louisianne. Le decía adiós a Maureen el domingo por la noche y no volvía a verla hasta el viernes. Y yo ya había regresado a Nueva Orleans o a Bay cuando el tío de Nashville le preguntaba a los vigilantes del hotel: «Pero ¿cómo ha podido entrar alguien en la habitación si la cadena estaba puesta cuando nos hemos despertado?»

– ¿Y cómo lo habías hecho?

Jack oyó el entrechocar de los cubiertos de plata -Henry, el camarero, estaba poniendo una mesa-, y durante la pausa se dio cuenta de que nunca le había explicado detalles a Leo. Ni tampoco había contado a nadie cómo había conocido a Buddy Jeannette. Bueno, Buddy estaba muerto. No pasaba nada por explicar lo de aquella noche. Pero ¿no estaría hablando demasiado? Le dijo a Leo:

– Lo que quería decir es que siempre sentí que Maureen sospechaba que me dedicaba a otras cosas. Yo no sabía ni una mierda sobre café, aparte de que se bebe. Pero sé que nunca dijo nada.

– No como otra chica a la que podríamos mencionar y de la que de hecho estamos hablando.

– Lo que pasa, Leo, es que llevas algo entre ceja y ceja.

– Jack, siempre has estado un poco loco, pero nunca has sido idiota. Los jesuitas te enseñaron a pensar hasta cierto punto, a poner las cosas en su sitio. Lo que nunca entenderé es cómo pudiste dejar que esa pelirroja te tuviera agarrado por tus partes…

– No era eso.

– … cuando tenías a una chica maravillosa como Maureen muriéndose de ganas de casarse contigo. Una chica que lo tiene todo: belleza, inteligencia, una buena educación católica, e incluso cocina mejor que tu madre y que Raejeanne.



21 из 262