– Te vi trabajar para tu padre y para el suyo, Leo -dijo Jack-. Vi que si me casaba con ella me convertiría en un yerno de Mullen e Hijos, y no me hacía falta una educación jesuítica para darme cuenta de que me habría quedado enganchado, condenado. Habría sido como estar en prisión.

– A Maureen no le habría importado cómo te ganaras la vida. Estaba loca por ti.

– Maureen necesita seguridad y que todo vaya bien. Por eso se ha casado con un médico, ese gilipollas con corbata y bigotito. Pero eso ya es otra cosa -siguió Jack-. ¿Quieres saber por qué no me casé con Maureen? No es porque fuera tan dulce y buena, qué va, eso lo habría podido cambiar, habría podido obligarla a distanciarse y darse cuenta de la diferencia entre la mierda y la verdadera vida. ¿Quieres saber la auténtica razón? Ya que te estoy contando mis más sagrados secretos…

»Quieres decir que ya estás como un piano -puntualizó Jack- y que no puedes ni acordarte.

Jack miró a su alrededor y luego se inclinó sobre la mesa.

– Tenía la sensación de que Maureen, una vez casada e instalada, tendría tendencia a engordar. Intuía que podía cambiar su actitud vital, pero no su metabolismo.

Leo se quedó mirándole.

– ¿Hablas en serio?

– Lo digo a sabiendas de que mi hermana, Raejeanne, no es un peso ligero. Cuando se metía conmigo le decía: «Raejeanne, ¿sabes lo que pareces? Un sofá con zapatillas de deporte.»

– No era muy galante por tu parte.

– No. Y no pretendo ofenderte, como si fuera algo terrible. Sólo que intuía que Maureen iba a ganar peso.

– No he oído una idiotez igual en toda mi vida -dijo Leo.

– Nuestros gustos son distintos, Leo, eso es lo que estoy intentando explicarte -dijo Jack-. Nuestros gustos y disgustos, lo que nos divierte, lo que hace que se te iluminen los ojos… ¿Quieres que te diga lo que me atrajo de Helene? ¿La primera vez que la vi? ¿Lo primero que observé en ella?



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