Su mami tenía siete fotos suyas enmarcadas, algunas de cuando hizo de modelo para la Maison Blanche. Tenía también una foto de Raejeanne, la orla del día de su graduación en la Dominican. A las chicas les encantaba el cabello alborotado de Jack, su enjuta constitución y su sonrisa de buen chico. Exclamaban «¡Oh guau!» cuando les contaba que había sido modelo, principalmente de ropa deportiva. Y decían «Oh, Dios mío», si les contaba que había estado en la cárcel. Arrugaban la nariz, pensando qué habría hecho aquel tipo tan mono para que lo enviaran a la cárcel. Él les decía que era una historia muy larga, pero que, bueno, en otro tiempo había sido ladrón de joyas. Ellas se empeñaban en conocer la historia y él les refería en voz baja las situaciones más escabrosas, pues había aprendido que a algunas chicas les excitaban los ex presidiarios decentes.

Cuando estuvo en la prisión de seguridad media de Angola, quien más hizo por él fue Leo. Habló con las personas adecuadas de Baton Rouge y les explicó que su cuñado era un poco salvaje, inmaduro. Claro, se creía el número uno, el sueño de todas las mujeres. Leo les explicó que Jack era inteligente, pero que durante la infancia le había faltado la disciplina necesaria, pues su padre había muerto en Honduras, cuando trabajaba para la United Fruit y Jack estaba en noveno curso, con los jesuitas. Había sido el tipo de niño que lleva dentro al diablo. Por ejemplo, se iba a Manchac, cazaba serpientes y las soltaba en las piscinas de los clubes. Pero no de las venenosas. Leo dijo a aquellas personas de Baton Rouge que le daría a Jack un trabajo que brindaba advertencias diarias acerca de la realidad de la vida y sobre sus consecuencias, lo que le pondría en el buen camino. Eso después de que Jack pasara algún tiempo de rehabilitación, tres años menos un mes, en vez de los entre cinco y veinticinco que señalaba la sentencia.

Así que trabajar en Mullen e Hijos, calle del Canal, 3600, era parte del acuerdo de libertad condicional de Jack.



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