No le parecía que trabajar con muertos fuese mejor carrera que recoger algodón en Angola; pero ahí estaba, viviendo en el segundo piso de una funeraria, al otro lado del vestíbulo de la sala de embalsamamiento, conduciendo el furgón, recogiendo muertos en los hospitales y en los depósitos de cadáveres parroquiales, vigilando la puerta en las horas de visita, enganchando banderitas en los coches destinados a los cortejos fúnebres… Cuando lo contrató, Jack le dijo a su cuñado:

– ¿Estás seguro de que sabes lo que haces?

Y Leo contestó:

– Lo que sé es que a ninguno de los dos nos va bien beber solos.

En aquel momento, Leo decía:

– Pues si no has estado en Carville desde que trabajaste en la Rivés, debe de hacer de eso seis o siete años.

– Más que eso.

– No están muy seguros de cómo se contrae la lepra, quiero decir la enfermedad de Hansen, pero he leído que te la puede contagiar un armadillo. Así que aléjate de los armadillos.

Jack no dijo nada.

– Que yo sepa, ninguna de las hermanas la ha cogido, y están allí desde que abrieron el hospital, hace casi cien años. Son las mismas del Charity Hospital. ¿Recuerdas si conociste a la hermana Teresa Víctor?

Jack no contestó ni dijo absolutamente nada, porque estaba mirando la cara del hombre que yacía en la mesa de preparación, reconociendo formas que le eran familiares bajo las heridas, dándose cuenta de que lo conocía, incluso sin el pelo negro que en otros tiempos se rizara sobre su frente.

– Es Buddy Jeannette, ¿no? -dijo, sorprendido pero tranquilo, un poco atónito-. Por Dios, sí que lo es, es Buddy Jeannette.

Leo se dio la vuelta para mirar el certificado de defunción, que estaba en el tablón que había junto a la máquina de embalsamar Porti-Boy.

– Denis Alexander Jeannette -leyó-. Nacido en la parroquia de Orleans, el 23 de abril de 1937.

– Es Buddy, ¡Jesús! -Jack movió la cabeza-. No puedo creerlo.



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