Leo conectó el cadáver a la Porti-Boy y la máquina empezó a bombear un líquido rosa llamado Permaglo a través de los tubos de plástico que serpenteaban sobre el cuerpo desnudo de Buddy y se introducían en su carótida, en la parte derecha del cuello. Leo alzó la mirada y estudió a Jack unos instantes.

– ¿Por qué dices que no lo puedes creer?

– Era tan prudente…

Leo cogió la manguera y empezó a aplicar su suave chorro sobre los hombros y el pecho de Buddy Jeannette.

– ¿Dónde lo conociste, en la prisión?

– Antes -contestó Jack. Hubo un momento de silencio, mientras Leo esperaba y le pasaba la manguera a Buddy, enjabonándolo.

Solíamos vernos en el centro. Algún sábado por la tarde nos veíamos en el bar de Roosevelt y tomábamos una copa.

– Suena como si hubierais sido bastante amigos.

Leo iba masajeando a Buddy con el jabón, amasando la carne para ayudar a que penetrase el Permaglo y tomara algo de color natural.

– Éramos amigos cuando nos veíamos. Pero si no nos veíamos, tampoco pasaba nada.

– No recuerdo que lo mencionaras nunca.

– Bueno, hace tanto tiempo…

– ¿De qué?

– De cuando lo conocí. -Estaba empezando a acostumbrarse a mirar las heridas de Buddy. La cabeza del pobre tipo, pelada al cero parecía quemada por el sol-. Un accidente, ¿eh?

– Se salió de la carretera y cayó a un canal. Esta mañana, a primera hora -dijo Leo-. En la autopista de Chef. -Volvió a mirar el certificado-. Veo que tu amigo estaba casado. Vivía en Kenner.

– ¿Ah, sí?

– Lo que pasa es que había alguien con él en el coche. Una mujer joven -dijo Leo-. Si fueras su esposa… ¿te gustaría que te dijesen eso?

– Bueno, son cosas que pasan, supongo.

– ¿Por muy prudente que seas?

– A lo mejor me equivoco -dijo Jack-. A lo mejor no era prudente. O quizá lo fue en su día, pero cambió al atravesar el parabrisas. No sé nada de él, ni qué hacía últimamente.



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