– Sí, estaba con Helene.

– ¿Lo admites?

– Quiero saber quién te lo ha dicho.

– Si lo admites, ¿qué más da?

– Leo, no estás comentando simplemente que estaba con ella, estás acusándome por eso.

– Si te lo tomas así…

– ¿Pero de qué me acusas? Ya no estoy en libertad condicional, Leo. Me han rehabilitado. No tengo que vigilar todo el día y seguir tragando mierda, ¿vale? Quisiera saber qué he hecho.

– No lo sé. ¿Te la llevaste a una habitación?

– Nos encontramos por casualidad. No la había visto desde… ya sabes desde cuándo, han pasado muchos años.

– Desde que fuiste a la cárcel.

– Tomamos una copa, eso es todo.

– ¿Pero sentiste la necesidad?

– ¿De qué?

– De llevártela a una habitación.

– Leo, no se puede mirar a una mujer como Helene y no sentir esa necesidad, así nos ha hecho Dios. -Vio que Leo se acercaba a Buddy con el trocar-. Tengo la impresión de que te preocupa que pueda estar metiéndome en algo -dijo Jack-. O que me vuelva a meter en líos porque este tipo era amigo mío hace años.

– Más o menos en la misma época que Helene.

– ¿Lo ves? Eso es lo que digo. Ellos ni siquiera se conocían. El pobre tipo se sale de la carretera de Chef con una chica que podría ser su cuñada, una amiga de la familia, vete a saber. Pero tú empiezas a imaginar historias. Yo soy culpable porque él es culpable, y en verdad no sabes si lo es. Pero resulta, Leo, que incluso si la joven del coche hubiera sido su amiga, ¿qué tiene que ver eso conmigo?

– Me preocupo por ti.

– ¿Por qué?

– No sé. Supongo que por causa de tu carácter, de tus tendencias; eso me pone un poco nervioso.

– Somos muy distintos, Leo.



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