
– No sé, lo siento, creí que tardaríamos menos en llegar, me perdí, me asusté… Yo tampoco conozco la ciudad… -musitó.
No abrí la boca. Entonces Amanda se sentó en la cama y me miró muy fijo:
– ¿Sabes qué? Todos los viajes terminan convirtiéndose, antes o después, en una pesadilla… -dijo con lentitud.
Miré por la ventana. La calle estaba oscura, el asfalto mojado. Y al fondo, las bombillas, los hombres, la enormidad del mundo.
En unos cuantos días me aprendí las reglas del Barrio. A la luz del sol el Barrio tenía niños, y ancianos vestidos de negro que caminaban arrastrando los pies, y pequeños comercios abarrotados de latas de conservas y tambores de detergente, y bares de esquina con mesas de formica y gatos cojos. Y por encima zumbaban los aviones como los moscardones en agosto: aparecían y desaparecían entre las nubes, plateados, relucientes, tripudos, hincando las narices en los cielos o dejándose caer sobre la tierra, casi encima de nosotros, tan próximos a veces que se les veía el tren de aterrizaje y eran una gran sombra retumbante que corría por encima de las calles.
Pero al llegar la noche se encendían las bombillas y se abrían esas puertas misteriosas que habían permanecido cerradas durante todo el día; y el Barrio era mucho más grande, un vertiginoso laberinto de sombras y esquinas. Por la noche, me dijeron, no era bueno andar sola; y mucho menos por las Casas Chicas, que estaban ya en las lindes, donde todo acababa. Había además una calle que me estaba prohibida: yo la llamaba la calle Violeta, porque, por las noches, salía de sus ventanas un extraño y sepulcral fulgor morado. Entreví ese resplandor un atardecer desde una esquina; Amanda, que iba detrás de mí, me agarró de la mano y me dijo: «No mires». Pero desde la esquina no había nada que ver: sólo la calle en cuesta y esa luz enfermiza.
