– Blair. -Se puso en pie, elevándose sobre mí, con las cejas oscuras formando una uve sobre la nariz. Mide metro ochenta y ocho, de modo que cuando se eleva por encima de alguien, lo hace muy bien.

Para no quedarme por debajo, me levanté también, devolviéndole una mirada ceñuda. Vale, todavía quedan esos… centímetros de diferencia, pero me puse de puntillas y empujé la barbilla hacia arriba hasta que casi quedamos con las narices pegadas:

– Que esperes que yo cambie mi nombre mientras tú conservas el tuyo es arcaico…

Wyatt mantenía la mirada entrecerrada y la mandíbula apretada, y sus labios formaban una línea delgada y dura que apenas se movió cuando escupió las palabras como si fueran balas:

– En el reino animal, el macho marca su territorio con una meada. Yo, en cambio, lo único que te pido es que cambies tu apellido para ponerte el mío. Tú eliges.

Casi se me ponen los pelos de punta, lo cual es una expresión de verdad estúpida, porque ¿cómo podrían erizarse si no? No es que puedan formar bucles.

– ¡No te atrevas a mearte encima de mí! -grité llena de furia. Wyatt puede sacarme de quicio más deprisa que cualquier otra persona, lo cual supongo que nivela un poco las cosas. Ése fue el motivo de que la imagen mental tardara unos pocos segundos en calar, antes de que mi chillido se convirtiera de forma abrupta en una risotada.

Él estaba tan furioso y frustrado que tardó un segundo más que yo, pero cuando estalló en carcajadas, su mirada fue a parar a donde la bata ya se había soltado por completo, y su expresión cambió mientras estiraba el brazo para alcanzarme.

– No te molestes -gruñó cuando yo busqué el cinturón para volver a atarlo.

El sexo con Wyatt tiende a ser apasionado. La química nos sale por todos los poros, o por donde sea que salga la química. Me gusta un montón, porque significa que puedo contar casi seguro con un orgasmo o dos, pero además significa que, aunque llevemos ya un par de meses con nuestra relación, la urgencia no ha aflojado para nada, y él es capaz de darme un revolcón donde quiera que estemos, a menos que sea en público, por supuesto.



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