No me despojó de la bata ya que no se interponía en su camino, sólo me arrancó las bragas. La bata me libró de que la alfombra me marcara el trasero, porque me tumbó sobre el suelo del comedor, me separó las piernas y se colocó entre ellas. Sus ojos verdes relucían llenos de lujuria, de actitud posesiva, deleite triunfal y algunas otras cosas masculinas indefinibles mientras cargaba todo su peso sobre mí.

– Blair Bloodsworth -dijo en tono agresivo, mientras bajaba la mano para posicionar su pene-. No hay negociación.

Contuve la respiración mientras me penetraba, con su miembro duro y grueso, de un modo tan excitante que yo casi no podía aguantarlo. Clavé mis uñas en sus hombros y ceñí mis piernas a sus caderas, intentando mantenerle quieto pese a que mis pulsaciones iban a trompicones y los ojos se me cerraban. Enganchó su mano izquierda a mi rodilla y me separó todavía más la pierna, para poder penetrar hasta el fondo. Se estremeció con una respiración entrecortada y áspera. Por demoledor que fuera un polvo con Wyatt, él siempre estaba ahí conmigo.

– De acuerdo -dije con voz entrecortada y con mi última fibra de cordura-. ¡Pero serás mi dueño! Para el resto de nuestras vidas, vas a ser mi dueño. -¿Y decía que nada de negociaciones? Vaya imbécil. ¿Qué se pensaba que habíamos estado haciendo?

Gruñó algo ininteligible, balanceándose contra mí mientras inclinaba la cabeza para besarme el cuello, y vi literalmente las estrellas.

Los dos estábamos sudorosos, agotados y muy contentos veinte minutos después cuando levantó la cabeza y me apartó un mechón de pelo de la cara.

– Un mes -dijo-. Te daré exactamente un mes a partir de hoy. O estamos casados para entonces o lo hacemos a mi manera, tanto da dónde sea o quién pueda venir. ¿Entendido?



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