
– Lo sé. Yo intentaba ser considerada con las agendas de todo el mundo, pero ha quedado descartado. Nos casamos dentro de veintinueve días, puesto que este desafío comenzó oficialmente anoche, y la gente tendrá que reprogramar lo que sea que tenga programado o se lo perderá.
– ¿Por qué veintinueve y no treinta? ¿O treinta y uno? -Alegará que puesto que hay cuatro meses con treinta días, eso ya lo constituye en un mes legal. -Febrero tiene veintiocho.
– O veintinueve, pero es un mes que no se aclara, o sea, que no cuenta.
– Lo capto. Vale, de aquí a veintinueve días. Significa que vas a casarte el trigésimo día. ¿Lo contará así?
– Tiene que concederme los treinta días completos, por lo tanto, sí. -Cogí la libreta y el boli que había estado usando la noche anterior y empecé a escribir unas notas-. Vestido, flores, pastel, adornos, invitaciones. Sin damas de honor. Sin esmoquin para él, sólo un traje. Es factible. -Una boda no tiene que ser lujosa para ser memorable. Yo podía pasar sin lujos, pero me negaba a que no fuera bonita. En un principio, había pensado en una dama de honor para mí y tal vez algún amigo para acompañar al novio, pero estaba recortando cuanto podía.
– La tarta será el problema; el resto del refrigerio se puede conseguir en cualquier sitio, pero la tarta…
– Lo sé -dije. Las dos respiramos hondo. Una tarta nupcial es una obra de arte, lleva tiempo. Y la gente que hace buenas tartas nupciales por lo general está comprometida con meses de antelación.
– Yo me ocuparé de eso -dijo mamá-. Pediré refuerzos, hablaré también con Sally para que nos ayude; necesita una distracción ahora, para dejar de pensar en Jazz.
Qué tema tan triste. Sally y Jazz Arledge estaban a punto de ver cómo se iba al garete su matrimonio de treinta y cinco años si no conseguían superar sus problemas. Sally era la mejor amiga de mamá, de modo que la apoyábamos unánimemente, pese a sentir lástima por Jazz, por lo perdido que se le veía.
