
Me libré de aquellos pensamientos y regresé de la eternidad a Wyatt.
– No he dicho que el mundo se esté acabando. Todo esto tiene que ver contigo y con tu estimadísima fecha límite.
– Ah. Ya capto. Mi fecha límite. -Sonaba muy complacido con su fecha límite; había logrado exactamente lo que pretendía, que era hacerme pasar a la acción sin tener en consideración las agendas incompatibles de los demás. Le conocía lo suficiente como para saber que hablaba muy en serio, por supuesto, de otro modo sus técnicas incentivas no hubieran funcionado.
– Por tu fecha límite -continué con dulzura-, lo más probable es que no tenga tiempo para comer durante el próximo mes, y mucho menos salir a disfrutar de una cena sin prisas. Tengo que encontrar un vestido de novia esta noche para disponer de plazo suficiente para hacerle arreglos. Tú tienes un traje negro, ¿verdad?
– Por supuesto.
– Eso es lo que llevarás a la boda entonces, a menos que tenga los puños raídos, en cuyo caso mejor te vas de compras también, porque si apareces en nuestra boda con los puños raídos, ninguno de nosotros te lo perdonará jamás, y juro que te haré la vida muy desgraciada.
– Siempre podría divorciarme de ti en caso de que lo intentaras. -En su tono de voz ahora había una diversión perezosa. Podía imaginarme el destello en sus ojos verdes.
