
Me dieron su foto y un sobre cerrado que contenía el pasaporte que él estaba esperando para poder huir y un fajo de extraños billetes españoles. Ese era el cebo, el pasaporte y el dinero que él había pedido, pero me dijeron que tuviera cuidado, porque recelaría, que nadie más que yo podría ir al interior y ejecutarlo sin peligro, y recordaron mi pasado de tantos años atrás y mi pasaporte británico, admirando o reprobando en silencio, con un poco de rencor, la hechura de mi gabardina blanca y los puños de mi camisa con gemelos de oro. No me pidieron nada más ni me ofrecieron nada a cambio, no me aseguraron un porvenir en el catálogo de los héroes. Entré en aquel lugar y había un hombre de traje oscuro y gafas de montura metálica sentado junto a una botella de agua mineral que me sonrió levantando mucho la cabeza, como reconociéndome, aunque no del todo, como si alguna enfermedad de la vista le impidiera precisar con exactitud los rasgos de mi cara, y había otros a su lado, de pie, más en la sombra, estrechando mi mano, llamándome capitán, invulnerables al tiempo y a los efectos de la guerra conmemorada y perdida en la que fugazmente yo fui un capitán, vestidos con una rancia pulcritud de maniquíes anacrónicos, muy pálidos, recién llegados de oficinas insalubres y de arrabales monótonos de la Europa oriental, inhábiles como difuntos que vuelven a la vida ignorando todas las cosas usuales: el modo en que camina la gente, su forma de vestir o de fumar cigarrillos.
Yo venía de Brighton: antes de que amaneciera había viajado en el ferry hasta Calais y de allí a París en un hermético expreso que se volvía más veloz a medida que la mañana se afianzaba sobre húmedos bosques de color verde oscuro y grandes ríos inmóviles, cenagosos de niebla, y en París alguien me recogió en la estación y me llevó en coche al aeropuerto y en el último instante me tendió un pasaje de avión para Milán y otro que tras una pausa de seis horas me conduciría a Florencia.
