
No había nadie como Vance. Siempre iba derecho al grano, sin andarse con rodeos. Cal le estimaba mucho y le tenía como el jefe perfecto.
Todos se acercaron a la mesa donde Beth había dejado las bandejas con el café y los donuts. Chase, como ayudante del jefe, le entregó a Cal un par de llaves.
– La que tiene el número quince es la de tu nueva casa, la otra es la de tu despacho. A Jeff ya le he dado las suyas. Vamos a ser todos vecinos -dijo Chase muy sonriente-. Y te lo advierto desde ahora, ranger Thompson: nuestras esposas están dispuestas a hacer todo lo posible para que dejes tu soltería.
– El caso es que yo no estoy muy por la labor -replicó Jeff con una leve sonrisa.
– Pues díselo a ellas -le respondió Chase, mirando a Cal con un gesto de complicidad-. Uno nunca sabe lo que el destino puede depararle.
Cal vio a Chase Jarvis saliendo de la sala.
Sí, en su caso, era verdad. Había sufrido de amnesia y cuando se había recuperado años después, estaba unido con Annie, la mujer a la que siempre había amado. Tenían una hija, Roberta, y veía la vida de color de rosa.
La situación de Cal era diferente. Se sentía feliz de trasladarse a su nueva vivienda. Había pasado el último año compartiendo la pequeña cabaña de Wawona con otro ranger y deseaba olvidar los recuerdos amargos que le traía aquel lugar. Era donde había vivido con su esposa Leeann aquellas dos únicas semanas de su matrimonio.
Gracias a su ascenso, podría llevar a cabo algunos de los proyectos que tenía planeados. Miró a su alrededor. La sala estaba casi vacía. Sólo quedaban Jeff y él. Todos habían vuelto a sus trabajos.
– ¿Tienes la camioneta fuera? -preguntó Cal.
Jeff negó con la cabeza.
– Llegué temprano para recoger las llaves y me volví con ella a casa. Ahora tenemos garaje, ¿sabes? Aún no he descargado mis cosas.
– Yo tampoco -replicó Cal-. Pero tengo mi camioneta ahí fuera. Te llevaré a casa y te ayudaré con tus cosas.
