
– El verde es perfecto. Voy a probármelo -dijo Alex sin dudarlo.
– ¿Qué número de zapatos usa?
– El treinta y siete.
Cuando Alex volvió del probador, la dependienta le mostró unas zapatillas deportivas de senderismo de ante y piel en tono marrón oscuro. Se las puso y le gustaron. Luego eligió unos calcetines a juego, un par de pantalones vaqueros y otro par de blusas de manga corta en color canela y crema.
– Me llevaré todo esto -le dijo a la dependienta-. Y gracias, me ha sido de gran ayuda.
Tras detenerse un par de minutos en la perfumería para comprar la barra de labios que le había sugerido Michael, tomó el coche y volvió al rancho. Sus hermanos, al verla, le dijeron que ya era hora de que hubiera dejado atrás su antiguo peinado y su vestuario tan formal.
Esa noche se puso la ropa que acaba de comprarse y se dirigió a la cocina, donde estaban sus padres sentados tranquilamente tomando un café con un trozo de tarta de manzana.
– ¡Cariño…! -exclamaron los dos al verla entrar.
El gesto de sorpresa que vio en sus caras lo decía todo.
– Me alegra que os hayáis quedado mudos. Supongo que os estaréis preguntando la razón de todo esto, ¿verdad?
– dijo ella entregándoles la carta del parque nacional-. Quiero que el jefe Rossiter tenga confianza en mí y en mi proyecto.
Sus padres leyeron la carta y luego su padre la miró con unos ojos llenos de afecto y orgullo.
– Cuenta con mi voto, cariño.
– ¿Qué planes tienes? -le preguntó su madre.
– Tomaré mañana por la mañana el vuelo a Merced -respondió Alex-. He reservado una habitación en el Holiday Inn. El lunes por la mañana alquilaré un coche para ir a la entrevista en Yosemite Village.
Su madre se levantó de la silla y le dio un gran abrazo. Muriel era una mujer esbelta de casi un metro setenta. Todo el mundo le decía a Alex que se parecía a ella.
