
El lunes a las nueve de la mañana, Alex dejó el coche en el aparcamiento del Yosemite Lodge, bajo un cielo poblado de nubes. Había muchos vehículos aparcados. Más de uno sería de un aspirante a ocupar un puesto de voluntariado en el parque, como ella.
Aunque la temporada turística de verano no comenzaba oficialmente hasta unos días después, el parque atraía a muchas personas durante todo el año. Alex lo sabía muy bien. Había estado allí tantas veces que podría incluso hacer de guía turística. De hecho, había reseñado ese punto en su currículum, aunque sin mencionar que todos los conocimientos que tenía del parque se los debía a Cal.
Él le había enseñado a amar aquel lugar y, de modo especial, a sus animales.
Pero… eso era ya agua pasada.
Tomó el bolso y cruzó la zona en dirección a la oficina central. Cuando entró, vio a algunos turistas arremolinados alrededor de las pantallas y los mapas informativos. Se acercó al ranger del mostrador de recepción. Era una mujer que conocía ya de otras veces.
– Hola.
– ¡Hola! -le dijo Cindy Davis con una sonrisa-. Bienvenida a Yosemite.
– Gracias. Estoy citada para una entrevista con el Departamento de Administración. En la citación que recibí no ponía la hora, sólo la fecha de hoy.
– Oh, sí. Supongo que ha formulado una solicitud para el programa de voluntariado, ¿verdad? ¿Cuál es su nombre?
– Alex Harcourt.
– No sabía que el senador Harcourt tuviera una… otra hija -replicó Cindy con gesto de sorpresa.
Alex recibió con satisfacción aquella vacilación. Sin duda, había querido decir que no se imaginaba que su padre tuviera otra hija tan mayor. Aquel cambio de look funcionaba mejor de lo que había imaginado. Era mucho mejor que si se hubiera puesto un disfraz.
– No, la verdad es que yo soy su única hija.
– Sí, ahora que lo dice… -replicó Cindy, sin salir de todo de su perplejidad-. No la había reconocido sin su larga melena-. Siéntese ahí, por favor, y espere un minuto mientras aviso al ranger Thompson. Creo que está con otra persona en este momento.
