– Gracias -dijo Alex, dirigiéndose a la sala de espera.

En lugar de mirar con impaciencia a su alrededor con la esperanza de que ver a Cal por allí, como había hecho otras veces, se puso a hojear un folleto del parque. Lo último que quería era tener que saludar a alguno de los rangers que le habían puesto tantas trabas el año anterior cuando había tratado de ver a Cal.

Habían pasado ya casi cuarenta y cinco minutos cuando le pidieron que se dirigiese al lugar de la entrevista. Tenía que ir hasta el fondo del pasillo y torcer luego a la derecha. El despacho del ranger Thompson era la primera puerta a la derecha.

Alex dio las gracias a Davis y se abrió paso entre un grupo de turistas en dirección al lugar que le habían indicado. La puerta del despacho estaba abierta, pero no se veía a nadie dentro. Era muy pequeño, parecía más bien la salita de una secretaria. Había una mesa con algunas fotos familiares y un tarro con lápices de colores. Nada más sentarse se abrió otra puerta que daba a una sala colindante y apareció un ranger muy atractivo, de pelo castaño oscuro. Alex ya lo había visto antes.

– ¿La señorita Harcourt? -dijo el hombre acercándose a ella para estrecharle la mano-. En los últimos años nos hemos visto de pasada en varias ocasiones, pero nunca hemos podido hablar oficialmente. Permítame presentarme: soy el ranger Thompson. Espero que no la hayamos hecho esperar demasiado tiempo.

– No, no. No se preocupe.

– Muy bien. Mi ayudante, Diane, fue quien hizo la evaluación de todas las solicitudes y envió las cartas. Deme un minuto para encontrar la suya y echarle un vistazo.

Se sentó detrás del escritorio y se puso a rebuscar en una colección de carpetas con solapas en las que figuraban los nombres, hasta que dio con la de ella.



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