Gretchen estaba ya al tanto de la visita de Cal. Cuando le vio llegar, se dirigió hacia él con una gran jaula en la que había tres pequeños perros. Cal se agachó a mirarlos. Los cachorros tenían sólo cuatro meses. Eran prácticamente negros con algunas manchas blancas y tenían las orejas de punta. Parecían perros esquimales jóvenes.

Él siempre había tenido un perro cuando vivía en la granja de su familia en Ohio. Se sentía tan emocionado como un niño ante la idea de volver a tener un nuevo cachorro.

La doctora Gretchen, tras explicarle que los tres eran de la misma camada, abrió la jaula y sacó a Sergei. El animal reconoció de inmediato a Cal por sus visitas anteriores. Cal se rió por lo bajo al ver que el gesto del animal había despertado los celos de sus hermanos.

– ¿Sergei? El ranger Hollis y tú vais a ser compañeros y trabajaréis juntos -dijo la doctora dándole la correa a Cal-. Espero que os llevéis bien.

Cal se quedó contemplando unos segundos a su nuevo perro. Sergei le miraba a su vez con unos ojos como si quisiera transmitirle sus pensamientos.

– ¿Quieres venirte conmigo a casa? ¿Te gustaría ir conmigo a buscar osos?

Aquel perro comería, dormiría e iría a trabajar con él. Cal pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre, y el adiestramiento de Sergei sería un proceso continuo, un día aprendería una cosa y al día siguiente otra, hasta acostumbrarse a convivir con cientos de personas todos los días.

Cal probó a darle a Sergei algunas órdenes y vio enseguida lo inteligente que era. Volvió a dejarlo en la jaula. Gretchen había pasado dentro a jugar con los otros dos cachorros, pero le vio entrar.



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