
– Debería haberle presentado a los hermanos de Sergei, Yuri y Peter -dijo la doctora al verle entrar, y luego añadió al ver su sonrisa-: Me gustan los compositores rusos.
– A mí también.
– Estos perros prefieren estar con los de su misma raza y a estos tres en particular les gusta estar juntos. Pero Sergei es el único que ha sacado las cualidades genuinas de un verdadero perro de Carelia. Sus hermanos le echarán de menos. Igual que yo -dijo cerrando la jaula.
Al igual que los bebés, los cachorros requerían muchos cuidados. Cal había llevado una lona para echarla por encima, en caso de que se pusiese a llover.
Puso a Sergei en su nueva jaula y la dejó en la parte de atrás de la camioneta sin que el animal se quejara lo más mínimo. Luego cargó el resto de los suministros. Gretchen le dio suficiente comida para dos meses.
– Es un alimento integral, especial para perros, con nutrientes ricos en proteínas.
Le dio también unos juguetes para Sergei y un silbato, además de un pequeño botiquín de veterinario con productos dentales, medicamentos y sutura para las heridas, que le serían de gran utilidad si se hallaba en las montañas en una situación de emergencia.
– Llámeme si tiene alguna duda -le dijo Gretchen, y le entregó un sobre con la documentación de Sergei, que incluía los análisis del veterinario y las vacunas.
– Me temo que la voy a llamar más de lo que quisiera.
– Está bien. Prefiero que me consulte las cosas y no trate de hacerlas a su manera. Podría resultar luego mucho peor.
– No se preocupe por eso, doctora. Ha sido un privilegio haber tratado con usted.
Y después de darle las gracias por todo, se sentó al volante de la camioneta y se dirigió al parque con su preciada carga.
A mitad de camino, le vino de nuevo a la mente la imagen de Alex Harcourt. Ella era la persona a la que más tenía que agradecer el tener ahora el perro que tanto había deseado. Ella le había animado a hablar con su jefe para hacerle ver los beneficios que supondría para el parque disponer de una raza de perros como ésa.
