Se preguntó qué habría sido de ella después de un año. Probablemente estaría casada con algún abogado de prestigio o con algún pretendiente que gozase de la aprobación de su padre.

Años atrás, el superintendente había elegido a Cal para que le enseñara Yosemite al senador. En las diversas visitas que John Harcourt había hecho al parque, Cal había tenido oportunidad de escuchar las esperanzas y planes que el senador tenía puestos en su hija.

Volvió al presente y se dio cuenta de que iba demasiado deprisa por la carretera. Redujo la marcha hasta el límite de velocidad permitido. Si le pillase la policía, sería una propaganda muy negativa para Yosemite.

Se desvió minutos después por el camino que daba acceso a su nueva casa. Formaba parte de una comunidad de viviendas modestas construidas para los rangers y sus familias, en medio de un extenso pinar. Estaba equipada con lo estrictamente esencial: una cama, una mesa de salón, un sofá, dos sillones, una mesa de cocina con dos sillas de madera, una lavadora y una secadora. Él podía convertir aquella simple casa en un hogar, pero aún no había tenido la ocasión para hacerlo.

Se bajo del vehículo y se fue enseguida a abrir la jaula. Sergei estaría deseando verse en libertad. En eso se parecía a él, prefería los espacios abiertos.

Mientras Cal le ponía la correa, oyó las voces de unos niños. Venían de la puerta de al lado, de la casa del ranger Farrell. Su esposa, Kristy, era una maestra que trabajaba para el distrito escolar del condado de Mariposa, y enseñaba a los niños que vivían en el parque.

Sin proponérselo, Cal había llegado justo en el momento en que los pequeños salían de clase. Era una buena oportunidad para que Sergei empezara a tomar contacto con los niños.



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