– A mi chihuahua, en cambio, todo le da miedo -dijo Nicky mirando a Roberta-. Tengo que ir a casa a decírselo a papá, para que nos compre uno.

Y, nada más decirlo, salió disparado como una flecha hacia su casa.

Cal consideró que ya habían hablado bastante y que Sergei necesitaría corretear un poco.

– Bueno, chicos, hasta luego.

Se dirigió al bosque. Estuvo más de dos horas jugando y trabajando con Sergei en su adiestramiento. Al volver a casa, le dejó atado con la correa mientras él sacaba las cosas de la camioneta y las metía en casa. Cuando terminó, cerró la puerta y soltó a Sergei para que se familiarizase con su nuevo entorno.

A la hora de la cena, el perro conocía ya todos los rincones de la casa y sabía dónde encontrar agua y comida en la cocina. Cal pensó que, hasta que Sergei fuera mayor, sería más conveniente dejarle en la jaula por las noches.

Antes de cenar se puso a trabajar otro poco con él con uno de los juguetes que le había dado la doctora. Era una especie de morral de lana dentro del cual había una piel de oso auténtica. Sergei se excitó mucho al olerla. Perro y amo estuvieron jugando al tira y afloja con la piel del oso en el cuarto de estar hasta que llegó la hora de la cena.

Cal dejó entonces el juguete en la mesa abatible, apoyada contra la pared de la cocina. Fue un error. Sergei saltó como un relámpago sobre el morral. Cal le ordenó que se bajara de la mesa, le metió en la jaula y se lo llevó al dormitorio de invitados. La obediencia era la lección número uno.

Después de tomarse tres sándwiches y un litro de leche, fue a ver en el ordenador los correos que había recibido ese día. Casi todos eran de sus colegas del parque. Después de una hora, pensó que Sergei ya había estado bastante tiempo enjaulado y decidió dejarlo salir.



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