
– ¿De veras hice yo eso? -exclamó con aparente tono de sorpresa.
– Sí, lo sabes muy bien. Lo hiciste cuando me enseñaste los escritos de John Muir. No pude parar de leerlos hasta que los terminé. Nunca podré olvidar una cita suya que me dijiste sobre las secuoyas gigantes. Fue algo que ha influido mucho en mi vida.
– ¿De qué manera?
– No recuerdo la cita de memoria, pero la idea era que Dios había preservado todos esos árboles durante siglos y que, sin embargo, el hombre podía destruirlos en pocos años con sus aserraderos, dejando esa triste herencia al pueblo americano.
– ¿Aún lo recuerdas?
Ella asintió con la cabeza.
– Desde entonces, cada vez que íbamos al parque, yo solía mirar los árboles y me echaba a llorar por los estragos que iba a producir su tala masiva. Los escritos de Muir han despertado en mí el amor que siento por ese lugar.
Su padre le agarró la mano y se la apretó efusivamente.
– Tienes unas grandes dotes oratorias, hija. De haberlo sabido antes, te habría pedido que me escribieses tú los discursos.
Ella se echó a reír.
– Piensa en lo que sería para esos chicos ver todos esos lugares de los que hablaba Muir. ¡Sobre todo en sus viajes por el Hetch Hetchy Valley! Llevo años soñando con poder llevar a los muchachos a ese lugar.
– No tengo ninguna duda de que sería una experiencia maravillosa para ellos. Tú conoces ese valle como la palma de la mano. Creo que te quedarías a vivir allí si pudieras.
– Sí, dices bien…, si pudiera. Acabo de llegar de la reunión del consejo de la tribu. Al final, he conseguido que me den permiso para llevar a un grupo de muchachos al parque como voluntarios durante el verano.
Miró a su padre y vio en sus ojos un gesto de sorpresa y a la vez de complacencia.
– Es una gran noticia, cariño. Llevas trabajando en ese proyecto mucho tiempo. Estoy muy orgulloso de ti.
