
Sintió la energía en torno a nuestras manos, apretándonos, pero pensó que era yo quien lo estaba haciendo.
– Le juro, señora Norton, que no soy yo. La magia que han usado en su contra me busca. Necesito sacármela de encima y dejar que fluya de nuevo hacia usted.
– Quiero deshacerme de esto -dijo, elevando la voz y con un ligero toque de histeria.
– Si no me la quito de encima, entonces quien se lo hizo podrá actuar sobre mí. Podrán localizarme. Sabrán que trabajo en una agencia de detectives que está especializada en problemas sobrenaturales y soluciones mágicas. -Era nuestro lema-. Sabrán que usted vino aquí en busca de ayuda. Y no creo que eso le convenga, señora Norton.
Un ligero temblor empezó en sus manos y se extendió por sus brazos hasta que ella se quedó tiritando como si estuviese helada. Quizá tenía frío, pero no del que se te pasa con un jersey grueso. Por más calor que hiciera no se iba a mitigar el frío que sentía en su interior. Tendrían que calentarle desde el centro de su alma herida hasta las puntas de los dedos. Alguien tendría que verter poder mágico sobre ella poco a poco, como par descongelar un cuerpo prehistórico conservado en el hielo. Si se descongelaba demasiado deprisa el daño sería aun mayor. Este uso delicado del poder iba más allá de mis capacidades. Lo único que habría podido hacer era darle cierta tranquilidad, quitarle parte de su miedo, pero aquel que la hechizó también lo sentiría. No podrían descubrir que yo había sido la causante, pero sabrían que había acudido a un profesional, que alguien había intentado ayudarla con poder psíquico. Llámalo corazonada, pero estoy convencida de que a quien había realizado el hechizo no le haría ninguna gracia y quizá decidiera agilizar el proceso.
Sentía la energía arrebatadora del hechizo, que intentaba romper mis defensas y alimentarse también de mí. Era como un cáncer mágico, pero tan fácil de contraer como la gripe.
