
Frances se desplomó en la silla, escondiendo la cara entre las manos. Le temblaban los hombros y al principio pensé que estaba llorando en silencio. Pero cuando Naomi la abrazó, Frances mostró una cara sin lágrimas. Estaba temblando, simplemente temblando, como si ya no pudiera llorar, no porque no quisiera, sino porque ya no le quedaba ninguna lágrima. Estaba allí sentada, mientras la amante de su marido la abrazaba, la mecía. Temblaba con tanta fuerza que empezaron a castañetearle los dientes, pero no lloró en ningún momento. En cierto modo el problema parecía más grave porque no lloraba.
– Disculpen, señoras. Vamos a salir un momento -dije. Miré a Jeremy y me dirigí a la puerta. Él me siguió y cerró la puerta.
– Lo siento, Ferry. Yo le estreché la mano y no sucedió nada. El hechizo no reaccionó contra mí.
Asentí. Le creía.
– Quizá simplemente tengo mejor sabor.
Me sonrió.
– Bueno, no lo sé por experiencia, pero apuesto a que sí.
Sonreí.
– Físicamente, quizá, pero místicamente eres tan poderoso, a tu manera, como lo soy yo. Sin duda, eres un mago mucho mejor de lo que seré yo nunca, simplemente el hechizo no reaccionó contigo.
Negó con la cabeza.
– No, no lo hizo. Quizá tengas razón, Ferry. Puede que sea demasiado peligroso para ti.
Fruncí el ceño.
– Ahora el señor se pone cauto.
Me miró, pugnando por mantener una expresión neutral.
– ¿Por qué tengo la sensación de que no serás la brujita de corazón frío que me esperaba?
Me apoyé en la pared y le miré.
– Este asunto es tan maligno que podremos recurrir a la policía.
– Implicar a la policía no las salvará. No podemos probar suficientemente que es el marido. Si no somos capaces de demostrarlo ante los tribunales, no podremos llevarlo a la cárcel, y esto significa que tendría libertad para ejercer más magia sobre ellas. Necesitamos que se le encierre en una celda vigilada para que no pueda causarles daño.
