– Necesitan protección mágica hasta que esté en la cárcel. Esto es un trabajo de detective. Es un trabajo de canguro.

– Uther y Ringo son grandes canguros -dijo.

– Lo imaginó.

– Continúas triste. ¿Por qué?

– Deberíamos quitarnos este caso de encima -dije.

– Pero no puedes hacerlo -replicó él, sonriendo.

– No, no puedo.

Había muchas agencias de detectives en Estados Unidos que afirmaban estar especializadas en casos sobrenaturales. Se trataba, sin duda, de un gran negocio, pero la mayoría de agencias no estaban a la altura de sus promesas publicitarias. Nosotros sí. Nosotros éramos una de las pocas agencias que podían presumir de un equipo formado enteramente por profesionales de la magia y expertos en poderes psíquicos. También éramos los únicos que podíamos presumir de que todos los empleados, a excepción de dos, eran duendes. No hay tantos duendes que resistan vivir en una ciudad Chicago, pero seguía siendo agotador estar rodeado de tanto metal, tanta tecnología, tantos seres humanos. A mí no me molestaba. Mi sangre humana me permitía tolerar el acero y las cárceles de cristal. Cultural y personalmente prefería el campo, pero podía vivir en una gran urbe. El campo era agradable, pero no me ponía enferma ni me debilitaba sin él. Algunas hadas sí.

– Ojala las pudiera echar, Jeremy

– ¿También tienes un mal presagio sobre el asunto, verdad?

Asentí.

– Sí, ero si las echo, vería en mis sueños sus caras temblorosas y sin lágrimas. Creo que podrían regresar para acecharme después de que aquel que las quiere matar acabase su trabajo. Regresarían como verdaderos fantasmas y me echarían en cara haber desperdiciado su última oportunidad de supervivencia.



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