
Teresa tenía la misma fragilidad de huesos que Naomi, pero yo nunca había sentido la tentación de coger la mano de Teresa. Era una de las clarividentes por tacto más poderosas que había conocido jamás. Yo dedicaba gran cantidad de energía a asegurarme de que no me tocara, pues temía que se le revelaran mis secretos y nos pusiera a todos en peligro. S sentó en una silla a un lado, mirando a las dos mujeres con sus ojos oscuros. No había hecho amago de estrecharles la mano. En realidad, había dado un amplio rodeo para no tocar accidentalmente a ninguna de ellas. Su cara no revelaba nada, pero sintió el peligro del hechizo en cuanto entró en la habitación.
– No sé cuántas amantes ha tenido -dijo Naomi-, una docena, dos docenas, centenares. -Se encogió de hombros-. Lo único que sé seguro es que soy la última de una larga lista de amantes.
– Señora Norton -dijo Jeremy.
Frances lo miró asustada, como si no se hubiera esperado que solicitasen su contribución a la historia.
– ¿Tiene alguna noticia de todas estas mujeres?
Tragó saliva y dijo en un tono que era casi un murmullo:
– Guarda polaroids. -Bajó la cabeza y murmuró-: dice que son sus trofeos.
Tuve que preguntar:
– ¿Le enseñó él estas fotos o las encontró usted misma?
Miró hacia arriba, y sus ojos estaban vacíos: sin preocupación ni vergüenza, simplemente vacíos.
– me las enseñó. Le gusta…, le gusta explicarme lo que hace con ellas. En qué es buena cada una, lo que hacen mejor que yo.
Abrí la boca, pero volvía a cerrarla, porque no se me ocurrió nada que pudiera servirle de consuelo. Sentía vergüenza ajena, pero era Frances Norton quien tenía que estar enfadada. Mi enfado podría ayudarnos a resolver el problema inmediato, pero no le devolvería la fuerza. Aunque lográramos librarnos del marido no curaríamos todo el daño que éste había causado. Había muchas cosas que iban mal con Frances aparte de un hechizo.
