Naomi le tocó el brazo, consolándola.

– Así es como me conoció. Vio mi foto, y un día nos encontramos. La pillé mirándome en un restaurante. Él la había despertado cuando llegó a casa y le contó lo que me había hecho. -Esta vez fue Naomi quien miró en su regazo y apoyó los brazos en las piernas-. Yo tenía moretones. -Levantó la mirada hacia mí-. Frances se acercó a mi mesa. Se arremangó y me enseñó los suyos. Entonces, dijo únicamente: “soy su mujer”. Fue así como nos conocimos.

Al final mostró una sonrisa tímida, el tipo de sonrisa que se dibuja en tu rostro cuando explicas cómo has conocido a tu amado. Una tierna historia para contar a los demás.

La miré con los ojos en blanco, pero me pregunté si la relación entre ellas iba más allá del maltrato y del marido. Si eran amantes, esto podía cambiar el método de curación. En cuestiones místicas no hay que olvidar las emociones. Dado que el amor y el odio tienen distintas energías, te enfrentas a ellos de forma diferente. Así pues, era preciso determinar con exactitud el vínculo entre las dos mujeres antes de empezar un trabajo de curación serio, aunque no aquel día. Para empezar escucharíamos lo que nos querían contar.

– Fue muy valiente por su parte -dijo Teresa.

Su voz, al igual que todo en ella, era de alguna manera suave y femenina, con una fuerza subyacente, como acero cubierto con seda. Siempre había pensado que Teresa, aunque no había viajado más allá de México, sería una extraordinaria belleza sureña.

Los ojos de Frances se detuvieron en ella, titubeó un instante, pero luego su boca se abrió en algo parecido a una sonrisa. Aquel pequeño movimiento me hizo sentir mejor en relación con esa mujer. Si podía empezar a sonreír, a enorgullecerse de la fuerza que había mostrado, quizá se recuperaría totalmente con el tiempo.

Naomi le apretó el brazo y le sonrió con afecto y orgullo. De nuevo, tuve la impresión de que estaban muy unidas.



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