
– Eso fue mi salvación. Desde el momento en que conocí a Frances, empecé a intentar romper con él. No sé cómo le permití que me hiciera daño. No soy así. Quiero decir que nunca antes había permitido que un hombre me maltratase.
Su semblante mostraba la vergüenza que sentía por no haberse salvado a sí misma.
Frances colocó su mano sobre la mano de la otra mujer, para ofrecerle consuelo y al mismo tiempo recibirlo. Naomi le sonrió y, a continuación, nos miró desconcertada.
– Él es como una droga. Una vez te ha tocado, suplicas su contacto. Es como si despertara tu sexualidad, y tu cuerpo sufre porque quiere ser tocado. -Volvió a bajar la mirada-. Nunca dependí tanto de los demás sexualmente. Al principio era molesto y estimulante. Después empezó a hacerme daño. Primero eran sólo pequeñas cosas, me ataba, después… me pegaba.
Se obligó a alzar la vista y a mirarnos. Había en sus ojos una gran ansiedad, como si nos estuviera desafiando a pensar lo peor de ella, pero también mostraba una gran fuerza. ¿Cómo había conseguido domesticarla aquel hombre?
– Convirtió el dolor en parte del placer -continuó-, pero luego empezó a hacer cosas peores. Cosas que sólo dolían. Intenté que abandonara aquellas perversiones y fue entonces cuando empezó a golpearme de verdad, sin fingir que era parte del sexo. -Su boca temblaba, pero su mirada se mantenía desafiante-. Pero pegarme le excitaba de verdad. El hecho de que yo no me excitar, de que me diera miedo, también le gustaba.
– Fantasías de violación -dije.
Noemí asintió, abriendo mucho los ojos para contener las lágrimas. Se mostraba tranquila y traba de ocultar el dolor en su interior.
– Al final no fueron sólo fantasías.
– Le gusta tomarte a la fuerza -aseguró la mujer.
Miré a ambas y contuve el deseo de sacudir la cabeza. Había pasado mi vida desde los dieciséis hasta los treinta en la corte de la Oscuridad, los años de mi despertar sexual, de manera que sabía cómo combinar placer con dolor.
