
Jeremy no sabía qué era yo en realidad. No lo sabía nadie en la agencia. Yo era uno de los miembros más débiles de la corte real, pero ser una sidhe, aunque fuera de la parte más baja del escalafón, no era nada despreciable. Había ocultado con éxito mi verdadera personalidad y mis auténticas capacidades a un montón de los mejores magos y a gente con poderes psíquicos de la ciudad y del país entero. No era moco de pavo, pero el tipo de encanto en el que yo destacaba no bastaba para ponerme a salvo de un navajazo por la espalda o de que un hechizo me destrozase el corazón. Para eso necesitaba habilidades de las que carecía, y éste era uno de los motivos por los que permanecía escondida. No podía luchar contra los sidhe y sobrevivir. Lo mejor que podía hacer era esconderme. Tenía confianza en Jeremy y en los demás. Eran mis amigos. En lo que no tenía confianza era en lo que los sidhe podía hacerles si me descubrían, o si mi familia se enteraba de que mis amigos conocían mi secreto. Mientras no supieran nada los sidhe les dejarían tranquilos y sólo me castigarían a mí. La ignorancia era una bendición en este caso. No es que no pensara que algunos de mis mejores amigos lo considerarían una traición, pero si tenía que elegir entre que ellos vivieran, con todas las partes de su cuerpo intactas, pero enfadados conmigo, o que murieran torturados escogería lo segundo. Podría soportar su enfado. En cambio, no estaba segura de poder soportar sus muertes.
