Ya sé, ya sé, ¿por qué no pedir asilo en la Oficina de Asuntos Humanos y Feéricos? Probablemente mi familia me mataría si me encontraba, pero si aireaba los trapos sucios ante los medios de comunicación mundiales, me matarían sin ningún género de duda. Y lo harían más despacio. O sea que nada de policía ni de embajadores, sólo el viejo recurso del juego del escondite.

Sonreí a Jeremy y le ofrecí lo que sabía que quería: la mirada que indicaba que me gustaba el potencial de su cuerpo delgado bajo aquel traje a medida. Para los humanos, hubiera parecido un coqueteo, pero para las hadas, para cualquier hada, ni siquiera se la aproximaba.

– Gracias, Jeremy, pero sé que no has venido aquí para elogiar mi ropa.

Se adentró en la habitación, pasando sus dedos impecables por el borde de mi escritorio.

– Tengo a dos mujeres en mi despacho. Quieren ser clientas nuestras -dijo.

– ¿Quieren?

Se volvió y se apoyó en el escritorio, con los brazos cruzados sobre el pecho, imitando mi postura inconscientemente, o a propósito, aunque no sabía por qué.

– Normalmente, no nos ocupamos de divorcios -dijo Jeremy.

Le miré con los ojos abiertos, apartándome de las ventanas.

– Habla con propiedad, Jeremy; la Agencia de Detectives Grey nunca se ocupa de divorcios.

– Lo sé, lo sé -dijo.

Se retiró del escritorio y se me acercó. Cuando miró la capa de contaminación del exterior no parecía más feliz que yo.

Me eché hacia atrás para verle mejor la cara.

– ¿Por qué infringes tu regla fundamental, Jeremy?

Él movió la cabeza sin mirarme.

– Reúnete con ellas, Ferry. Confío en tu criterio. Si dices que tenemos que rechazar el caso, lo rechazaremos. Pero creo que lo verás de la misma manera que yo.

Le toqué el hombro.

– ¿Y cómo te siente, jefe, aparte de preocupado?

Bajé mi mano por su brazo y de este modo conseguí que me mirara. Sus ojos habían adquirido una tonalidad gris marengo.



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