
Reúnete con ellas, Ferry. Si después estás tan preocupada como lo estoy yo, acabaremos con ese cabrón.
Le agarré el brazo.
– Cálmate, Jeremy, es sólo un caso de divorcio.
– ¿Y si te dijera que fue un intento de asesinato?
Su voz se había calmado. En realidad, no alcanzaba la intensidad de sus ojos ni la tensión vibrante de su brazo.
Me aparté de él.
– ¿Intento de asesinato? ¿De qué me hablas?
– El hechizo de muerte más repugnante que ha llegado a mi despacho.
– ¿El marido la quiere matar? -le pregunté.
– Alguien quiere matarla, y la mujer dice que es el marido. La amante está de acuerdo con la mujer.
Le miré fijamente.
– ¿Estás diciendo que la esposa y la amante están en tu despacho?
Asintió y sonrió a pesar de la indignación que sentía.
– Esto se pone interesante -dije, devolviéndole la sonrisa.
Jeremy me tomó la mano.
– Lo sería incluso si llevásemos casos de divorcio -dijo.
Me frotaba los nudillos con el pulgar. Estaba nervioso, de lo contrario no me habría tocado tanto. Para él era una manera de ganar confianza. Se llevó la mano a los labios y me dio un beso fugaz en los nudillos. Creo que se dio cuenta de que su nerviosismo era patente. Me dedicó la mejor de las sonrisas y se dirigió hacia la puerta.
Me dedicó la mejor de las sonrisas y se dirigió hacia la puerta.
– Respóndeme primero a una pregunta, Jeremy.
Aunque evidentemente no le hacía falta, se arregló el traje con movimientos ligeros y precisos.
– Pregunta.
– ¿Qué es lo que te da miedo?
La sonrisa se desvaneció y su rostro adquirió un aspecto solemne.
– Tengo un mal presagio sobre este caso, Ferry. No tengo el don de la profecía, pero esto me huele mal.
Entonces, dejémoslo. No somos la policía. Trabajamos a cambio de dinero, no hemos hecho ningún juramento, Jeremy.
