SEGUNDA PARTE

Vuelo nocturno

8

Un hombre miraba el agua oscura y las nubes rosadas desde un murallón de lava mientras el alba se cernía sobre la costa oriental de Maui.

Se llamaba Henri Benoit, que no era su nombre auténtico, sino el alias que usaba en ese momento. Frisaba los cuarenta, tenía pelo rubio más o menos largo y ojos grises y claros, y medía más de un metro ochenta. Ahora estaba descalzo, con los dedos de los pies hundidos en la arena.

Su holgada camisa de lino blanco colgaba sobre sus pantalones grises de algodón, y miraba las aves marinas que graznaban mientras rozaban las olas.

Henri pensaba que esos graznidos podrían haber sido los acordes iniciales de otro día impecable en el paraíso. Pero el día se había malogrado aun antes de empezar.

Henri dio la espalda al mar, se guardó el PDA en un bolsillo del pantalón y, mientras el viento le hinchaba la espalda de la camisa como una vela, subió el parque en declive que conducía a su bungaló particular.

Abrió la puerta con cancel, cruzó el lanai y el entarimado claro hasta la cocina, se sirvió una taza de café kona. Regresó al lanai, se repantigó en la tumbona junto a la tina caliente y se puso a cavilar.

Ese lugar, el Hana Beach Hotel, estaba en el tope de su lista de favoritos: exclusivo, confortable, sin televisión, ni siquiera teléfono. Rodeado por cientos de hectáreas de bosques, encaramado sobre la costa de la isla, aquel plácido grupo de edificios constituía un refugio perfecto para los muy ricos.

Allí un hombre podía relajarse perfectamente, ser la persona que era, realizar su esencia como ser humano.

La llamada telefónica desde Europa oriental había estropeado su relajación. La conversación había sido breve, prácticamente un monólogo. Horst le había dado las noticias buenas y las malas en un tono de voz que semejaba una navaja cortando un órgano vital.



16 из 200