Horst le había dicho a Henri que su trabajo había tenido una buena acogida, pero que había problemas.

¿Había escogido la víctima adecuada? ¿Por qué la muerte de Kim McDaniels era como el sonido del aplauso de una sola mano? ¿Dónde estaba la prensa? ¿Habían recibido todo aquello por lo que habían pagado?

– Entregué una realización brillante -rugió Henri-. ¿Cómo puedes negarlo?

– Cuida tus modales, Henri. Aquí somos todos amigos, ¿sí?

Sí. Amigos en un proyecto estrictamente comercial en el que un grupo de camaradas controlaba la pasta. Y ahora Horst le decía que sus compinches no estaban conformes. Querían más. Más enredos en la trama. Más acción. Más aplausos al final de la película.

– Usa tu imaginación, Henri. Sorpréndenos.

Le pagarían más, desde luego, por servicios adicionales. Al cabo de un rato, la perspectiva de ganar más dinero atemperó el mal humor de Henri sin modificar básicamente su desprecio por el Mirón.

«Conque quieren más, ¿eh? Vale.»

Cuando terminó su segunda taza de café, había elaborado un nuevo plan. Sacó un teléfono inalámbrico del bolsillo y empezó a hacer llamadas.

9

Esa noche nevaba en Cascade Township, el suburbio boscoso de Grand Rapids, Michigan, donde vivían Levon y Barbara McDaniels. Dentro de la eficaz pero acogedora casa de ladrillos de tres dormitorios, los dos hijos varones dormían profundamente bajo las mantas.

Pasillo abajo, Levon y Barbara yacían espalda contra espalda, tocándose la planta de los pies sobre la divisoria invisible de su cama Sleep Number, y su contacto de veinticinco años no parecía romperse ni siquiera en sueños.

La mesilla de Barbara estaba abarrotada de revistas y periódicos a medio leer, carpetas de análisis y memorándums, una multitud de suplementos vitamínicos alrededor de su frasco de té verde. «No te preocupes, Levon, y por favor no toques nada. Yo sé dónde está todo.»



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