La mesilla de Levon congeniaba con su cerebro izquierdo, así como la de Barbara con el derecho: su pulcra pila de informes anuales, el ejemplar anotado de Against All Reason, una pluma, una libreta y una hueste de adminículos electrónicos (teléfonos, ordenador portátil, reloj meteorológico), todos alineados a diez centímetros del borde de la mesilla, enchufados en una toma de corriente detrás de la lámpara.

La nevisca había envuelto la casa en un silencio blanco y el ruido del teléfono despertó sobresaltado a Levon. Sus palpitaciones se aceleraron y su mente fue presa de un pánico instantáneo. ¿Qué sucedía?

El teléfono volvió a sonar, y Levon cogió el aparato de línea.

Miró el reloj: las tres y cuarto de la mañana. Quién demonios llamaría a esas horas… Luego lo supo. Era Kim. Estaba cinco horas retrasada respecto de ellos, y sin duda se había olvidado de la diferencia horaria.

– ¿Kim? ¿Cariño?-dijo Levon.

– Kim no está -respondió una voz masculina.

A Levon se le encogió el pecho y no pudo recobrar el aliento. ¿Estaba sufriendo un infarto?

– Disculpe, ¿cómo ha dicho?

Barbara se incorporó en la cama y encendió la luz.

– Levon, ¿qué sucede?-preguntó.

Levon alzó una mano, indicando que aguardara.

– ¿Con quién hablo? -preguntó, frotándose el pecho para aliviar el dolor.

– Sólo tengo un minuto, así que escuche con atención. Llamo desde Hawai. Kim no está. Ha caído en malas manos.

¿Qué significaba aquello?

– No le entiendo. ¿Está herida?

Ninguna respuesta.

– ¿Oiga?

– ¿Escucha lo que le digo, señor McDaniels?

– Sí. ¿Quién es usted, por favor?

– Sólo lo diré una vez.

Levon se tiró del cuello de la camiseta, sin saber qué pensar. ¿El hombre mentía o decía la verdad? Conocía su nombre, su número de teléfono, sabía que Kim estaba en Hawai. ¿Cómo sabía todo eso?



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