
– ¿Qué sucede, Levon? -insistió Barbara-. ¿Se trata de Kim?
– Kim no se presentó para la filmación ayer por la mañana -dijo el hombre-. La revista ha tapado el asunto. Esperan tener suerte, esperan que ella regrese.
– ¿Han llamado a la policía? ¿Alguien ha llamado a la policía?
– Ahora colgaré -dijo la voz-. Pero si yo fuera usted, abordaría el primer avión a Maui. Con Barbara.
– ¡Aguarde! Por favor, aguarde. ¿Cómo sabe que ella ha desaparecido?
– Porque lo hice yo, amigo mío. La vi. Me gustó. La tomé. Buenas noches.
10
– ¿Qué quiere? ¡Dígame qué quiere!
Levon oyó un chasquido seguido por el tono de marcación. Pulsó el botón del directorio y leyó «desconocido» donde tenía que figurar el número de la llamada.
Barbara le tironeaba del brazo.
– ¡Levon! ¡Dime qué pasa!
Barbara siempre decía que ella era el lanzallamas de la familia y que él era el bombero, y esos papeles se habían fijado con el tiempo. Así que Levon comenzó a contarle lo que había dicho aquel hombre, pero eliminó el temor de su voz y se atuvo a los hechos.
El rostro de Barbara reflejaba el terror que llameaba dentro de Levon como una fogata. La voz le llegaba como desde lejos.
– ¿Y le has creído? ¿Te ha dicho dónde estaba Kim? ¿Te ha contado lo que ha ocurrido? Por Dios, ¿de qué estamos hablando?
– Sólo que ha desaparecido…
– Nunca va a ninguna parte sin el móvil -dijo Barbara con voz entrecortada, sufriendo un ataque de asma.
Levon se levantó bruscamente, tiró cosas de la mesilla de Barbara con su mano trémula, derramando píldoras y papeles en la alfombra. Encontró el inhalador entre aquel batiburrillo, se lo dio a Barbara y la miró mientras ella aspiraba largamente.
Las lágrimas le perlaban la cara.
